Entrevista DV 26/10 a Carl Honoré –escritor y periodista.
TITULAR: Nuestros hijos han perdido el placer de aprender porque están hiperestimulados. Niños protegidos y presionados en exceso con múltiples actividades. El peligro de sobre estimular a los hijos. Con tantas actividades han perdido la magia y el placer del juego. Ni para los mayores ni para los hijos le parece negativo el éxito, el problema es que como padres, nos hemos obsesionado con una definición muy limitada del éxito: las buenas notas.
Parece reivindicar el éxito como satisfacción personal.
Despreciamos los éxitos sencillos. El juego de un niño con su patinete, (son momentos mágicos), despreciamos esos momentos mágicos y lo inscribimos en una clase de ballet, judo o remo.
-La estimulación parece una idea aceptada. Pero usted habla de sobreestimulación. ¿Nos hemos pasado de rosca?
Creo que se nos ha ido la mano. Es un problema global en una sociedad hiperestimulada. Vivimos en la cultura del “más”. Hemos caído en el exceso.
Estamos tan enloquecidos como padres y tenemos tanto miedo al fracaso que aceptamos cualquier oferta que nos promete más estimulación.
Querer lo mejor para los hijos es una aspiración natural. ¿Hemos llevado esta idea al extremo?
Vivimos en una paradoja, cuyo punto de partida son nuestras mejores intenciones para con los hijos. El impulso natural de querer lo mejor para ellos ha caído en la caricatura, en el extremo. Nos está haciendo daño a los padres y también a los niños.
-Lejos de ayudarles, les perjudicamos.
Podemos imaginarnos una vida perfecta para un chico. Está en un colegio perfecto. Es feliz. Las circunstancias de su vida están perfectamente ordenadas. Puede parecer muy bonito. Pero cuando el hijo sale de las manos de sus padres, le va a costar mucho salir adelante. Porque el mundo es imperfecto. Y es muy raro encontrar una situación donde todo esté bien y ordenado. Les estamos negando así la capacidad o el espacio para desarrollar una habilidad mucho más importante: saber sobrevivir o manejarse en una situación imperfecta.
-Hay que dejar a los hijos lidiar con las dificultades…
Con 16 y 17 años odiaba a un profesor. No tenía opción. Miro atrás ahora y me doy cuenta que aprendí mucho: a manejarme con alguien que no me gustaba.
Hay un pensamiento de Voltaire que ilustra el momento que estamos viviendo: “Lo mejor es enemigo de lo bueno”. En esta búsqueda frenética de perfección estamos sacrificando cosas muy valiosas e importantes para los hijos.
Volveremos con la segunda parte, dentro de poco...






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